En las primeras horas del 28 de febrero de 2026, el mundo fue testigo de un escalofriante giro en las tensiones de Oriente Medio. Estados Unidos e Israel lanzaron una campaña masiva de ataques aéreos contra Irán, con el objetivo declarado de derrocar al régimen islámico, destruir su programa nuclear y de misiles, y neutralizar su influencia en la región a través del llamado “Eje de Resistencia”. El presidente Donald Trump anunció el inicio de “operaciones de combate mayores” en un video, instando al pueblo iraní a levantarse contra su gobierno. Esta ofensiva, bautizada como “Operation Epic Fury”, ha resultado en la muerte del Líder Supremo Ali Khamenei, asesinado en los bombardeos, y ha provocado retaliaciones iraníes contra bases estadounidenses en países como Bahréin, Kuwait, Qatar y los Emiratos Árabes Unidos, así como contra Israel.


Los ataques han golpeado al menos nueve ciudades iraníes, incluyendo Teherán, con explosiones que han sacudido infraestructuras militares y civiles por igual. Irán ha respondido con misiles balísticos, afirmando haber alcanzado todos los objetivos militares estadounidenses e israelíes en la región. El Consejo de Seguridad de la ONU se reunió de emergencia, donde el Secretario General António Guterres condenó los ataques como una “grave amenaza a la paz y seguridad internacional”, mientras que representantes de Irán los calificaron de “crímenes de guerra”. Esta no es la primera vez que EE.UU. e Israel atacan Irán –recordemos los bombardeos a instalaciones nucleares en junio de 2025– pero esta vez el objetivo es explícitamente el cambio de régimen.


El contexto de este conflicto no surge de la nada. Irán ha estado en ebullición interna durante años, con protestas masivas contra el régimen teocrático, exacerbadas por la represión económica, la corrupción y el apoyo a grupos como Hamás y Hezbolá, que han prolongado guerras en Gaza y Líbano. En los últimos meses, coaliciones de oposición kurda han delineado planes para administrar regiones autónomas en caso de colapso del régimen, destacando el riesgo de fragmentación del país. Externamente, las negociaciones nucleares en Ginebra colapsaron el 26 de febrero, allanando el camino para esta escalada militar. Expertos advierten que, aunque los ataques aéreos pueden debilitar al régimen, no garantizan su caída sin una intervención terrestre, y podrían llevar a una conflagración regional más amplia.
En medio de este caos, surge una figura que podría alterar el destino de Irán: Reza Pahlavi, hijo del último Shah Mohammad Reza Pahlavi, derrocado en la Revolución Islámica de 1979. Exiliado en Estados Unidos desde hace casi 50 años, Pahlavi se ha posicionado como un líder de transición, no necesariamente como un monarca restaurado, sino como una figura unificadora para guiar a Irán hacia una democracia secular. En enero de 2026, declaró en un discurso en Washington que está “únicamente posicionado para asegurar una transición estable” y prometió regresar a Irán tan pronto como sea posible. Ha enfatizado que no busca un gobierno autocrático, sino referendos para decidir la forma de gobierno futura, y ha ganado apoyo entre la diáspora iraní y algunos manifestantes dentro del país, donde eslóganes como “Rey Reza Pahlavi” han resonado en protestas.

Sin embargo, su ascenso al “trono” –o al menos al liderazgo– no es un camino recto. Críticos argumentan que Pahlavi carece de base organizacional real dentro de Irán, habiendo vivido en el exilio por décadas, y que su relevancia se limita a círculos monárquicos y exiliados. Algunos lo ven como un “príncipe blanco ruso”, más cómodo en Occidente que en la lucha interna. Además, su proximidad a figuras como Trump y Netanyahu podría alienar a sectores nacionalistas iraníes, percibiéndolo como un títere de EE.UU. e Israel. En redes como X, opiniones están divididas: algunos lo aclaman como el “rey” que restaurará la gloria persa, mientras otros insisten en que Irán no necesita ni shahs ni mulás.
Cómo podría Pahlavi ascender? El actual bombardeo podría crear un vacío de poder si el régimen colapsa bajo la presión militar y las protestas internas. Pahlavi ha propuesto un “plan integral” para una transición ordenada, incluyendo la defección de elementos del ejército y la formación de un gobierno interino respaldado internacionalmente. Si las huelgas masivas y levantamientos populares –como los vistos en 2025– se intensifican, podría regresar con apoyo de la diáspora y potencias occidentales. Sin embargo, riesgos abundan: grupos como el MEK (Mujahedin-e Khalq) o separatistas kurdos y baluchis podrían competir por el poder, llevando a una fragmentación similar a la de Irak post-Saddam. Además, una restauración monárquica podría no ser bienvenida en un Irán que ha evolucionado culturalmente, y su alineación con EE.UU. podría complicar relaciones con vecinos como India o Rusia.
En última instancia, este conflicto no es solo una guerra contra un régimen opresivo, sino un punto de inflexión para Irán. Si Pahlavi logra unificar a la oposición, podría liderar una era de renovación democrática. Pero si fracasa, Irán podría caer en el caos sectario. El mundo debe presionar por una resolución pacífica, no por más bombas. El futuro de Irán debe decidirse en las calles de Teherán, no en los pasillos de Washington.
